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    Sergio González Levet

    Sin tacto

    Silvestre Manuel Tomoltzin, que se dice reportero y “representante de la Asociación Nacional de Locutores” entrará a la historia de la ignominia después de haber propuesto en la Mañanera, a la que es asiduo invitado, que se creara “un comité para proponer al presidente Andrés Manuel López Obrador al Premio Nobel de la Paz.”

         Dice el zalamero Tomoltzin que AMLO se merece el Premio que otorga Noruega -en paralelo a los cuatro premios Nobel propiamente dichos que entrega cada 10 de diciembre la Academia Sueca desde 1901, en las categorías de Física, Química, Fisiología o Medicina y Literatura- por su “política de la Cuarta Transformación, en especial por la supuesta intención de mantener la paz en México”.

         Habría que comprarle unos lentes al Silvestre fanático de López Obrador y tal vez un kilo de sesos, porque se nota que le faltan unos y otros. Anteojos, para que vea que el país está sumido en la violencia, con asesinatos y asaltos en todas las ciudades, pueblos, carreteras y despoblados de nuestra geografía. Y materia gris, para que le entienda un poco, gane una pizca de dignidad y se limite a hacer propuestas que tengan que ver algo con la realidad.

         ¿Nobel de la Paz para el aguerrido Andrés Manuel, que todos los días se pelea con sus adversarios: empresarios, periodistas (“¿Y Loré? ¿Y Loré?”), políticos de la oposición, miembros de su propio partido, padres de hijos con cáncer, médicos mexicanos, defensores de derechos humanos, sacerdotes y obispos… junto con Calderón y García Luna.

         En todo caso, podría integrarse mejor un comité que proponga al Presidente para el Nobel de Medicina, por la consideración con la que trató al coronavirus, al que dejó que matara casi un millón de mexicanos que podrían estar vivos; por la forma en que evitó que se gastaran medicamentos contra el cáncer que podrían haber salvado la vida de miles de niños que hoy son angelitos (lo digo muy en serio); por la manera en que se ha mantenido con apariencia saludable a pesar de tantos males que lo aquejan, sin contar los del alma.

         O el de Física, porque inventó una transformación etérea que está presente en las bocas de todos sus seguidores, pero no aparece para nada en la realidad.

         O el de Química, debido a la manera en que ha logrado desaparecer organismos y presupuestos -sin que quede el menor rastro de ellos- que eran parte esencial de la vida de la nación.

         O el de Literatura, por los prodigios de la imaginación que muestra cotidianamente en sus mañaneras y en otras declaraciones, todas cargadas de ficción y completamente desapegadas de la realidad, de la verdad.

         Sí, en una de ésas el Patriarca podría aspirar a un Nobel, pero el de la Paz, ¡nunca!

         Que no manche el locutor Silvestre.

    sglevet@gmail.com