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    Miguel Valera

    Relatos dominicales

    Conocí a Rolando en el corazón de Tuxpan, la ciudad de los bellos atardeceres. A mí me gustaba ir a comer zacahuil en “El Tepetzintleco”, en la calle Genaro Rodríguez y luego por la tarde, para refrescarme, buscaba un Timbakey en la “Refresquería El Estudiante”, del Parque Reforma. ¿Han probado el Timbakey? Es un preparado de plátano machacado con grosella, leche clavel y hielo. Una verdadera explosión de sabores.

    Llegaba yo en las tardes y casi siempre estaba ahí el hombre, conversando con otros amigos, hablando sobre política, sobre el destino de esta ciudad y del país. Era un hombre de ideales. Creció creyendo en la izquierda y la revolución, aunque muchos de sus amigos, por ejemplo, cuestionaban al ricachón de Fidel Castro y el destino de la isla caribeña. Él se quedaba callado. Se decía que siendo un niño había conocido a Castro Ruz en este puerto, antes de que se embarcara en el yate Granma.

    Con Timbakey en mano, mientras las abejas me rondaban, me gustaba escucharlo, pero a cierta distancia. Sólo una vez me dijo: vamos, acércate, no tengas miedo. No, no, le contesté, sigan platicando, me gusta escucharlos, añadí, para luego, con el pretexto de la llegada de Andrea, escabullirme a caminar por el malecón, esperando que la oscuridad de la noche ocultara nuestros besos.

    Creo que, en el fondo, a pesar de mi escozor por las izquierdas, le admiraba. Rolando era un tipo de ideales firmes, de convicciones. Creía que era posible un mundo mejor, una ciudad mejor, alejada de los intereses de grupos de personas que sólo buscaban enriquecerse. Además, sabía que la única vía para lograr un cambio era postularse, abanderado por algún instituto político. Así lo hizo, pero los intereses del momento no le favorecieron y al final no logró la candidatura.

    Entonces el hombre se apagó. Se alejó de sus amigos, se perdió en la cotidianidad, se esfumó del escenario público. A pesar del intento de muchos por sacarlo de su caparazón, Rolando nunca volvió a la calle. En las tardes calurosos que regresé a la “Refresquería El Estudiante” deseé siempre encontrarlo, pero ya nunca más volví a verlo. Un día supe que había muerto. “Murió de tristeza”, me dijo uno de sus amigos, con quien coincidí en una cafetería.

    Juan Tovar, un amigo, viejo psicólogo de la ciudad, me dijo otro día que sí es posible morir de tristeza. Técnicamente se llama “El síndrome del corazón roto”, aunque clínicamente se le denomina “miocardiopatía inducida por estrés o miocardiopatía de takotsubo”. Cualquier persona puede padecer esto. La muerte, el divorcio, la infidelidad o hasta las dolencias físicas pueden causar el síndrome del corazón roto, me comentó.

    Yo creo que Rolando Sandoval Gutiérrez murió de eso; no tengo duda, sentenció. Ante un hecho doloroso, una decepción, la pérdida de un trabajo, de un proyecto, aumentan las hormonas del estrés, generando un evento en cadena que puede llevar a la muerte. ¡Incluso te puede pasar con cosas buenas, como sacarte la lotería!, sentenció.