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    Sergio González Levet

    Sin tacto

    Quizá por lo portentoso de su narrativa, que te capturaba la atención y te hacía fanático de sus historias para siempre, Mario Vargas Llosa fue poco conocido en su personalidad casi oculta de poeta.

    Persistió, además de narrador, como ensayista y como dramaturgo en la percepción de su público leal, pero como poeta, muy poco.

    Y resulta que era también muy bueno. Cómo podría no serlo con esa capacidad asombrosa para escribir literariamente lo que fuera.

    Decía que como novelista había vivido toda su vida con la nostalgia del poeta que no pudo ser. Pero un poco lo fue sin querer, y hasta le publicaron en su juventud algún librillo de versos, obra que Mario trataba de que todo el mundo olvidara. Se quejaba mucho cuando algún alumno hacía su tesis sobre él, y traía desde las entrañas los poemas de juventud de Vargas Llosa, que él decía que le llenaban de vergüenza.

    Yo creo que fue un buen poeta, a secas, pero es una opinión más personal que fruto de lo que pudiera haber aprendido en la Facultad de Letras. Y como prefiero no calificar al gran Nobel peruano en esa faceta, dejo a consideración de usted, que está leyendo, algunos poemas cortos de Mario Vargas Llosa.

    Aunque dicen

    que sólo los imbéciles son felices,

    confieso que me sentía feliz.

    Compartir mis días y mis noches con la

    niña mala

    me llenaba la vida.

    La incertidumbre es una margarita

    cuyos pétalos no se terminan jamás

    de deshojar.

    Advertirles que la literatura es fuego,

    que ella significa inconformismo y rebelión,

    que la razón de ser del escritor es la protesta,

    la contradicción y la crítica.

    Vale la pena vivir,

    aunque fuera solo porque sin

    la vida

    no podríamos leer ni fantasear historias.

    Padre Homero

    Ni siquiera sabemos si existió o lo inventamos

    para dar un dueño y una leyenda

    a los poemas que formaron

    al mundo en que vivimos.

    Las cuencas vacías de sus ojos

    iluminan como dos soles

    las aguas, las islas y las playas

    del Mediterráneo.

    Tampoco sabemos si las historias

    que cantó tuvieron raíces

    en la historia real o fueron fantaseadas

    por su imaginación incandescente.

    Yo lo adivino

    como un viejecito bondadoso

    y excéntrico divirtiendo

    a niños y ancianos

    con fabulosas aventuras

    de guerreros y monstruos

    en una época inusitada

    en que hombres y dioses

    andaban entreverados

    y las batallas se ganaban

    con caballos de madera,

    elíxires y magias.

    Lo diviso entre sombras y

    chisporroteo de fogatas,

    en aldeas con olor a

    vino y aceite,

    pulsando su ira

    acompañado

    por el murmullo del mar

    y la resaca,

    rodeado de caras expectantes.

    Su fantasía y verba

    embellecían las anécdotas

    que traían los marineros de sus viajes.

    sglevet@gmail.com