Jorge Viveros Pasquel
El comentario de Donald Trump Jr., hijo del presidente estadounidense Donald Trump, en el que sugiere que Estados Unidos debería “decapitar” a México si este país lo atacara, es retóricamente incendiario, diplomáticamente irresponsable y moralmente cuestionable. Hablar de “decapitar” a un país vecino como México, con quien Estados Unidos comparte una de las fronteras más activas del mundo en comercio, migración y seguridad, es una declaración que refleja una profunda ignorancia, incluso si se presenta como una “hipótesis”, refleja una visión extremadamente simplista y peligrosa de las relaciones internacionales.
México es un aliado estratégico, no un enemigo y la cooperación en temas como el narcotráfico, migración y comercio requiere diálogo, no amenazas.
Por otro lado, la palabra “decapitar”, en un contexto geopolítico remite a prácticas extremas asociadas con guerras asimétricas, terrorismo o autoritarismo y en lugar de fortalecer el discurso de seguridad nacional, lo degrada a un nivel muy primario de violencia verbal que promueve el odio y el desprecio hacia naciones soberanas.
Esta clase de lenguaje es más propio de propaganda radical que de una persona inteligente y quizá lo único que logra es polarizar más el ambiente entre comunidades mexicanas y estadounidenses, especialmente entre los millones de mexicanos que viven en EE.UU. pues alimentan el nacionalismo extremo y atraen a ciertos sectores radicales del electorado que ven en México una fuente de problemas como el narcotráfico y la migración.
Pienso que hacerlo a costa de amenazar a un país vecino es una táctica populista que pone en riesgo los intercambios ideológicos inteligentes, pues estas expresiones no solo son éticamente cuestionables, sino que debilitan la imagen internacional de Estados Unidos.
