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    Jorge Viveros Pasquel

    En medio de los desafíos que enfrenta Xalapa; la inseguridad, el deterioro urbano, la falta de servicios eficientes, etc. Resulta urgente reflexionar sobre qué tipo de xalapeño necesita nuestra ciudad.

    Además de exigir mejores autoridades, se trata también de preguntarnos: ¿qué clase de ciudadanos estamos siendo y qué clase de ciudad queremos construir?. El xalapeño que esta ciudad necesita no se define solo por cumplir la ley, sino por asumir una responsabilidad activa con su entorno.

    La “ciudadanía” no comienza ni termina con el respeto a los reglamentos; comienza con la conciencia de que nuestros actos diarios tienen consecuencias colectivas; no tirar basura en las calles, no bloquear las banquetas, no estacionarse en lugares prohibidos, no desperdiciar el agua, son acciones simples pero poderosas que marcan la diferencia entre una ciudad que solo subsiste y una ciudad que se reconstruye desde abajo.

    El buen xalapeño también es crítico con sus gobernantes, los evalúa, los exige, los vigila y no se conforma con votar cada cuatro años. Entiende que la participación ciudadana va más allá de la urna; asiste a reuniones vecinales, reporta fugas o actos ilícitos, cuida los parques, impulsa proyectos comunitarios y no se queda callado ante las injusticias.

    Xalapa también necesita ciudadanos informados, no dominados por el rumor o la manipulación. Personas que cuestionen lo que se dice en redes sociales, en la televisión o en la radio, ciudadanía que contraste versiones, que se interese por lo que ocurre más allá de su manzana o colonia. Debemos pugnar por un xalapeño informado y con criterio, que no se deje arrastrar por el chisme político ni por la propaganda fácil; que sepa que su opinión debe estar basada en hechos, no en prejuicios.

    Pero sobre todo, el xalapeño que esta ciudad necesita es empático. Sabe que no vive solo. Que si existe desigualdad en la periferia, si hay marginación en la zona oeste, si hay violencia en los alrededores de la ciudad, eso también le afecta, aun si vive en una zona céntrica o más tranquila pues entiende que el bienestar colectivo es más que un ideal: es una necesidad real y urgente.

    Ese xalapeño también debe recuperar el orgullo por su ciudad, pero no como nostalgia vacía, sino como impulso para mejorarla. No basta con recordar que Xalapa era la Atenas veracruzana o que alguna vez fue modelo educativo y cultural. El orgullo verdadero se expresa cuidando sus espacios públicos, defendiendo su diversidad, valorando su historia, y sobre todo, trabajando por su presente.

    El xalapeño que Xalapa necesita es comprometido, no espera milagros, ni se conforma con que las cosas “estén peor en otros lados”, se involucra, educa con valores, denuncia lo injusto, reconoce lo valioso, y construye desde su calle, su cuadra, su colonia.
    Porque el destino de esta ciudad no está solo en los escritorios de Palacio Municipal, sino en las manos de quienes la habitan todos los días.