Jorge Viveros Pasquel
La seguridad pública en México enfrenta un reto histórico; los índices delictivos y la percepción de inseguridad, en ocasiones no ceden paralelamente y esta brecha entre la realidad y percepción evidencia que no basta con reaccionar ante el delito, y que es necesario construir un modelo policial que genere cercanía, confianza y colaboración con la ciudadanía.
El modelo tradicional de policía preventiva, centrado en la vigilancia reactiva, patrullajes rutinarios y respuestas ante incidentes, ha demostrado ser insuficiente para revertir las tendencias delictivas en muchas ciudades. Su enfoque es más vinculado a la inmediatez que a la prevención integral y de origen no atiende las causas sociales del delito ni construye vínculos sólidos con los habitantes. En contraste, el modelo de proximidad social coloca a la comunidad en el centro de la estrategia de seguridad, promoviendo la interacción directa entre policías y la ciudadanía, la identificación de problemas locales y la implementación de soluciones conjuntas.
La policía de proximidad social implica que los elementos sean conocidos por su comunidad, que no solo patrullen, sino que interactúen, escuchen y atiendan problemáticas específicas de cada colonia o barrio. Este modelo permite detectar factores de riesgo antes de que se traduzcan en delitos, fortalece la denuncia ciudadana y, sobre todo, genera confianza institucional, un activo indispensable para debilitar la percepción de inseguridad. Experiencias internacionales y algunos municipios mexicanos que adoptaron prácticas de la llamada “policía de proximidad”, muestran reducciones sostenidas en delitos patrimoniales y mayor colaboración vecinal.
Bajar los índices delincuenciales requiere más que presencia: demanda prevención activa y participación comunitaria. Cuando la población percibe que la policía no es una fuerza distante, sino un aliado, se rompe la barrera del silencio que permite que los delitos menores evolucionen en problemáticas graves. La creación de comités vecinales, la integración de sistemas de alerta temprana, los recorridos peatonales y la mediación de conflictos comunitarios son herramientas del modelo de proximidad que impactan directamente en la seguridad cotidiana.
Adoptar este enfoque no es opcional, es estratégico. Mientras las policías preventivas locales no transiten hacia una estructura de proximidad social, continuarán rebasadas por la dinámica delictiva y la desconfianza ciudadana. La transformación implica profesionalización, capacitación en derechos humanos y diversos protocolos, así como indicadores de evaluación que no solo midan detenciones, sino reducción de riesgos y fortalecimiento de la cohesión social.
En síntesis, la seguridad real y la seguridad percibida se construyen al mismo tiempo. Migrar hacia un modelo de proximidad social no es únicamente una decisión administrativa, sino una política pública integral que responde a la necesidad de recuperar el territorio social, disminuir la delincuencia y, sobre todo, devolverle a la ciudadanía la certeza de que la policía está de su lado.
