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    Jorge Viveros Pasquel

    En México, el corrido ha sido históricamente un medio para narrar historias del pueblo, desde hazañas revolucionarias hasta tragedias personales, pero en las últimas décadas, un subgénero ha tomado fuerza, el narcocorrido y sus variantes bélicas o alteradas. En estas canciones, las figuras centrales ya no son héroes populares que defienden a su comunidad, sino criminales que imponen miedo y violencia. Quien escucha y corea estas letras también está convalidando la misma delincuencia que tanto daño nos hace como sociedad.

    El Komander, con su famoso tema “Los sanguinarios del M1”, no deja lugar a la ambigüedad. “Pa’ dar levantones somos los mejores…” y “Con cuerno de chivo y bazuca en la nuca, volando cabezas al que se atraviesa…”. Aquí, el secuestro disfrazado como “levantón” se menciona sin pudor, junto con la violencia extrema, como parte de un currículum de orgullo criminal. No hay reflexión ni crítica, solo exaltación.

    Luis R. Conríquez, interpreta “El 27 o El Perris”, donde canta “Quemé cartuchos tumbando guachos, Cheyenne azul llegó a rescatarlo…”. es claro que el “artista” se refiere a matar elementos del ejército mexicano (guachos) ¿que valor artístico puede tener eso?, ¿dónde está el respeto a los hijos de los elementos caídos?.

    Peso Pluma, uno de los artistas más conocidos del genero, ha popularizado “Siempre pendientes” junto a Luis R. Conríquez, con menciones a “JGL” y “Don Iván”, referencias directas a figuras del Cártel de Sinaloa y su mensaje es el mismo, idolatrar al criminal.

    Quien se habitúe a escuchar estas narrativas, normaliza lo inaceptable y convierte en entretenimiento la tortura, el secuestro y violación de mujeres migrantes, el reclutamiento involuntario de jóvenes, el asesinato de inocentes y le quita peso a la tragedia de miles de familias que viven el terror de la delincuencia. El peligro no está solo en la letra, también en la legitimidad cultural que se le otorga cuando estos temas se convierten en himnos de fiesta o símbolos de estatus.

    No todo el regional mexicano cae en esta trampa. Hay artistas que, sin dejar de usar la fuerza narrativa del corrido, eligen no glorificar a criminales. Ariel Camacho, cantaba sobre historias de vida y desamor con crudeza, pero sin convertir a los delincuentes en héroes. Christian Nodal, aunque no es corridista puro, ha demostrado que se puede conquistar audiencias masivas cantando al amor y al desamor sin recurrir a figuras del narco. Incluso grupos como “Intocable” han mantenido letras que narran orgullo regional y vivencias cotidianas sin hacer apología del crimen.

    La pregunta que deberíamos hacernos como oyentes es sencilla, ¿qué historia estoy eligiendo aplaudir? Porque mientras sigamos cantando con euforia letras que celebran secuestros y asesinatos, estaremos, en el fondo, tomando partido. Y en esta guerra silenciosa que se libra en calles y comunidades, no hay neutralidad posible