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    Agustín Torres Delgado

    Pa’Vivir a Gusto

    Se dice en textos periodísticos que la tradición del “lechero” en Veracruz, nace en el Gran Café de la Parroquia, hacia 1890; en ese entonces había choferes de tranvía y ellos pedían un chorrito de café y para calentarlo lo pedían con leche caliente que se vertía desde cierta altura para lograr una deliciosa espuma; el origen del “tin, tin, tin”, es el sonido de la cuchara al golpear en la taza o el vaso para hacer el pedido. No solo es una bebida, es un ritual.

    Para mí, más allá del origen del café lechero sé que es parte de mi identidad como veracruzano, no hay persona a la que yo invite a Veracruz sin pasar por un café lechero con una canilla o una concha con nata o rellena de frijol, porque es un gesto de bienvenida y camaradería, para mí es como vitaminarles, darles fuerza. 

    Un café lechero es la mejor receta, cuando las cosas van mal, nos da el bajón o anda uno triste, nos da fuerza, poder, nos reinicia; cuando las cosas van bien, festejamos con un lechero, reímos, nos alegramos, nos carcajeamos, es gozo, regodeo, satisfacción, es vitamina jarocha.

    Un café lechero veracruzano no se sirve, se presenta. El café de la región de Coatepec y de las altas montañas del estado, es la base de esta bebida. Se cultiva entre neblina y cañadas, por familias que sabían que el café no solo era grano: era cultura, sustento y futuro.

    Lo que en otros lugares sería un simple café con leche, en Veracruz es uno de los símbolos de nuestra identidad, de pausa, de conversación; pero también con toda su espuma y glamur vive una contradicción, porque en la ciudad se sirve con solemnidad turísticamientras en el campo se cultiva con sudor y deuda, porque al final todos los gobiernos le han quedado a deber a nuestros productores. 

    Un café lechero cae bien en cualquier momento del día, nos cae bien en tardes de brisa, cuando hace calorcito y nos cae bien cuando hace fresco. Un café lechero lo tomas en Pánuco, Xalapa, Coatzacoalcos, Alvarado o Minatitlán, en cualquier lado cae bien.

    Un momento ideal para mí, sería disfrutar de un café lechero caliente, viendo el meneo de las palmeras, con la brisa del mar, admirando el colorido natural de la salinidad de las olas, probando un sorbo de café espesito que nos muestra en cada trago el sentir de nuestra tierra veracruzana.

    Cuentan en un relato popular, que Porfirio Díaz en 1911, antes de su exilio en Francia, pasó al Gran Café de la Parroquia, pidió un café lechero, una canilla y papaya, antes de despedirse de su patria. Su último desayuno en México. 

    El café lechero es una bebida que resulta ser democrática, la toman los viejos lobos de mar, para contar historias, periodistas que buscan inspirarse, turistas despistados, estudiantes ilusionados del porvenir, así como abuelas llenas de nostalgia. Alrededor de la mesa donde nos sirven nuestro lechero se cruzan generaciones y mundos, el café es puente para todas y todos. 

    Tomarse un café lechero debe ser también un acto de memoria: recordar que en cada sorbo hay historias familiares detrás: de una parcela, de un amanecer con la fuerza campesina recolectando el grano a mano.

    En estos momentos de tragedia en nuestro estado, recordar lo que nos da identidad y fuerza nunca sobra. El café no nace en la ciudad, nace en el monte, es orgullo veracruzano por quienes lo cultivan, lo cosechan y lo cargan montaña abajo. El café lechero es historia, es nostalgia, es fuerza, es identidad.

    Agustín Torres Delgado

    Secretario General de Acuerdos

    Movimiento Ciudadano