Inocencio Yáñez Vicencio
En la mayoría de los hogares mexicanos impera una relación de respeto hacia sus trabajadores, que en verdad me cuesta trabajo compararla con la relación que tiene la zacatecana con sus colaboradores sin el temor de un sacrilegio. Hoy, por fortuna, una empleada doméstica reprendida en forma altanera y en público toma sus cosas, se va y deja sufriendo con toda la carga a la patrona.

La reacción humillante e insolente de Rocío Nahle ante un ofrecimiento del Secretario de Turismo, Igor Roji, que atendía un reclamo social —“Tú no puedes firmarle a nadie si no te lo autorizo” y siguió: “No puedes repartir dinero… ya se repartió mucho dinero en el estado”— la exhibe como una mentirosa y fanfarrona, ya que apenas hace algunos días había externado en público que la reparación de los daños por las inundaciones de los ríos Cazones y Pantepec no se detendrían por dinero.
Eso seguramente lo escuchó el Secretario de Turismo y, de acuerdo con esa información salida de boca de la titular del Ejecutivo local —lo cual por supuesto no tenía por qué poner en duda—, tomó la decisión de atender una petición.
De acuerdo con la información que me proporciona una hermana que perdió todo, no han avanzado gran cosa en la limpia; sin embargo, la restauración de las casas y reposición de sus muebles y enseres ni siquiera ha comenzado. Entonces, ¿en dónde ha ido a parar ese dinero que tanto ha repartido? ¿No dijo que no era problema el dinero? ¿El problema es que Igor Roji se lo creyó?
Una vez más repito una frase que le tomé a Philip Pettit: sin control no hay democracia.
Rocío Nahle no ha integrado comités de reconstrucción ni comisiones de inspección, evaluación y verificación. De un Congreso convertido en su porra no podemos esperar que asuma funciones de control, porque Bautista no sabe más que de matracas.
Si Rocío Nahle no entiende que es una servidora pública, menos lo entenderá el personal que ha invitado a acompañarla en las tareas de gobierno. Que quede claro: eso es muy grave. En primer lugar, porque no puede haber Estado de derecho si la administración no se somete a la ley.
Administración y burocracia son dos cosas diferentes, aunque interrelacionadas. La primera debe obedecer la ley; los reglamentos deben explicitar la ley. En tanto, la burocracia o los permanentes deben regirse por rutinas. En lo que coinciden es en que ambas no están ni pueden estar al humor de jerarquías que les asignen funciones de servicio personal o privado.
El funcionariado, como su nombre lo dice, realiza funciones prescritas, que coordina un superior. Es cierto: el titular del Ejecutivo, en un régimen presidencial, es una sola persona. Los secretarios son encargados de despacho, son colaboradores, porque el Ejecutivo recae en una sola persona y sus colaboradores son responsables ante él, no ante el parlamento; pero eso no significa que los secretarios sean parte de su servidumbre.
Los secretarios tienen que atenerse a la función que proviene de la ley y que coordina su superior, quien no puede ponerlos a realizar funciones que contravengan la letra y el espíritu de la ley, y menos que atenten contra su dignidad.
¿Por qué Rocío Nahle humilló en público a Igor Roji? Sencillamente porque para ella sus colaboradores son parte de su servidumbre privada; cada uno de ellos está para servirle a ella, no a la función constitucional ni al público, con lo cual manda a la basura al Estado de derecho.
Con ese criterio patrimonialista, según ella, todo le pertenece —cosas y personas— pudiendo hacer con ellas lo que quiera; y dado que cuenta con el respaldo del Príncipe Macuspano, piensa que haga lo que haga jamás la alcanzará la verdadera justicia.
La ofensa contra el Secretario de Turismo muestra a Rocío Nahle tal cual es y explica la anulación que ha hecho de su gabinete.
Como diputada federal, no pasó de leer lo que le instruían; como cabeza del sector energético, no pasó de escándalos no aclarados. Pero AMLO, a sus candidatos y candidatas, los llamó bien: los llamó corcholatas, o sea, tapaderas. El reclutamiento, según él, debía ser por 10 % de capacidad y 90 % de lealtad, que en Morena quiere decir complicidad. A todas las mafias las une la complicidad. Nada mejor que ese adhesivo.
Con Nahle, las ejecuciones del narco son infartos; los ríos se desbordan ligeramente; el problema del agua se resuelve con un acueducto que ya tiene presupuesto aunque no tiene fuente; la reparación de daños por inundaciones no es problema de dinero, pero sin que comience ya se acabó. Se queja de carroñeros, sin percatarse de que los carroñeros se acercan con la descomposición; recluta porros del periodismo para atacar a sus enemigos y reduce la comunicación a un asunto de comadres. Tan malas cuentas le dan sus plumíferos de pacotilla que ya llamó hasta a su hermano para que interceda por ella.
El combate al crimen en Veracruz y en Michoacán queda en pura retórica, con los crímenes que cada día aumentan; pero el asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, pone al descubierto el fracaso del Gobierno Federal y los gobiernos locales de Morena, en virtud de que las capturas de alto impacto no han redundado en una disminución de hogares enlutados.
En las redes, la pregunta que hoy más se hacen sobre el asesinato de Carlos Manzo es: ¿quién fue? ¿El crimen organizado o el Gobierno? ¿Quién tenía más interés en deshacerse del alcalde de Uruapan: el Cártel Jalisco Nueva Generación, por su resistencia, o el Gobierno, que era exhibido por su condescendencia, tomando en cuenta que La Barredora era un brazo del CJNG operado desde el gobierno morenista de Tabasco?
El desplante de Rocío Nahle contra Igor Roji pone en claro que, si bien es cierto el agraviado sigue ahí por falta de dignidad, también es cierto que no deja dudas de que Veracruz está en las peores manos: las de una persona insolente, vengativa, que pasa sobre los derechos de la ciudadanía y de sus mismos colaboradores, reducidos a viles eunucos.
