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    Maribel Ramirez Topete

    Una escena aparentemente menor volvió a ser viral y recordarnos que el poder no inmuniza a ninguna mujer. Durante un recorrido público, un hombre se acercó a la presidenta Claudia Sheinbaum y la tocó sin su consentimiento. El gesto, rápido y cotidiano, fue una agresión. Y sí, jurídicamente, tocar a una mujer sin su permiso es una agresión sexual. No hay matices ni contexto que lo suavicen: es un acto de violencia que invade, que humilla y que refleja lo que aún somos como sociedad.

    La imagen de una presidenta agredida en la calle, frente a cámaras y testigos, desarma la ficción de que la violencia contra las mujeres pertenece a unas cuantas. No fue un atentado político, fue un reflejo cultural. En México, más del 60 % de las mujeres declara haber sufrido acoso en espacios públicos; una de cada dos ha sido víctima de tocamientos, miradas o comentarios sexuales no consentidos, según datos de la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH). Son cifras que describen un país donde lo violento se ha vuelto cotidiano y donde el acoso ya no escandaliza, solo incomoda.

    Nos acostumbramos a mirar sin ver. A escuchar a una mujer relatar su experiencia y pensar que exagera, que “no fue para tanto”. Nos acostumbramos a las bromas, a los “piropos” en la calle, a la invasión del cuerpo ajeno como si fuera parte de la convivencia urbana. La agresión cometida frente a cámaras ocurre todos los días en la sombra: en el transporte, en las escuelas, en los pasillos de los mercados. La diferencia es que esta vez fue visible.

    Pero lo visible no siempre genera conciencia. El problema no es solo el individuo que agrede, sino la estructura social que lo autoriza. Ese sistema no se desmantela con detenciones aisladas ni con discursos momentáneos: requiere reconstruir el tejido social, restaurar la empatía, volver a enseñarnos que el respeto no se negocia.

    El tejido social se destruye cuando la violencia se normaliza. Cada vez que una mujer es tocada sin su consentimiento y el entorno lo calla, algo se rompe en la confianza colectiva. La calle deja de ser espacio compartido y se convierte en territorio de riesgo. La consecuencia no es solo individual: una sociedad donde la mitad de la población camina con miedo es una sociedad enferma de desigualdad.

    Por eso, el desafío es cultural. No basta con castigar el acoso: hay que desactivar la raíz que lo sostiene. Hay que cuestionar la idea de poder que mide fuerza con control y la indiferencia que convierte el acoso en un gesto cotidiano. Hay que interpelar a los medios de comunicación que trivializan la violencia, a los líderes políticos que la minimizan, a la ciudadanía que se ríe o guarda silencio. Recuperar el tejido social implica volver a mirarnos como iguales.

    No fue anecdótico: fue un espejo. Nos mostró que incluso quien encarna la máxima representación del poder político puede ser reducida a un cuerpo invadible. Nos recordó que la violencia de género no desaparece con títulos ni con escoltas, y que el respeto sigue siendo una asignatura pendiente.

    El camino hacia una sociedad justa comienza por reconocer que el acoso no es inevitable, que la violencia no es normal y que el cambio no depende solo del Estado, sino de cada uno de nosotros. Si queremos reconstruir el país, primero debemos reconstruir la forma en que nos miramos. Porque mientras una mujer no pueda caminar tranquila, ninguna democracia está completa.