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Destacado

    Jorge Vázquez Sangabriel
    Palimpsesto

    Son de historias
    Cuando un ángel de fuego desciende blandiendo el rayo divino del amor, despertando en el corazón de los hombres y mujeres sentimientos de atracción mutua, suceden hechos a la vista de algunos que son privilegiados de avistar estos designios y, entonces, a la luz del día o la oscuridad de la noche, parecen cantar en todo lugar; pero siempre hay un coro de voces puras que se asustan de las extravagancias que del amor se revelan, y esto sucede cuando afloran libremente las revelaciones del corazón, agolpándose galopantes en sus vidas gozosas las luces y las sombras que brillan con gran pasión.
    En la antigua peluquería “W”, el señor N, de edad madura permanecía pacientemente sentado en la sala de espera de turno. Ese sábado, día que por lo general en que la peluquería “W” permanece con bastante asistencia, el señor N, al contrario de los demás asistentes que acuden por lo general desaliñados a arreglarse el pelo, lucía impecable, con el corte de cabello pulcramente insuperable, el rostro afeitado cuidadosamente, la camisa limpísima, planchada a cabalidad, con el primer botón sin sujetarse al ovillo del ojal, que mostraba parte de la blanca piel, el rostro ligeramente enrojecido por la insistencia de limpiar en él, todo vestigio de cabello al paso de la navaja de afeitar. El señor N, leía una revista, que al ojo del buen observador, éste podría percatarse de que sólo simulaba hacerlo; el pantalón, al igual que la camisa se encontraba perfectamente planchado, con poca arruga; los zapatos con cordones, limpios que denotaban haber sido boleados recientemente.
    De repronto, que es más rápido que pronto, entraron al establecimiento dos infantes, de entre siete y nueve años de edad, detrás de ellos una mujer de mediana edad con atractivo vestido. El señor N, se incorporó, dio algunos pasos hacia la entrada, movió la cabeza pausadamente hacia un lado y otro de la calle, encaminándose sobre la rúa. La mujer preguntó a el señor R, que es uno de los mejores peluqueros de la región, que si tardaría para atender a los pequeños, el señor R, respondió que sí, ¿qué tiempo, insistió la dama? El peluquero contó a los clientes que estaban en espera y calculando veinte minutos dedicado a cada uno, respondió: de dos horas a dos horas y media. La mujer que al parecer era la madre, dijo: se los encargo, regreso un poco antes, a lo que R, con discreta sonrisa, denotando cierta seriedad, afirmó con la que cabeza, que sí, en tanto cortaba el cabello con destreza, peine y tijera les movía con precisión.
    Al tocar el turno al señor E, cliente asiduo, con el cual el señor R, durante años, habían establecido entre ambos, entrañable confianza: “sólo comentamos estos casos entre caballeros con experiencia y seriedad, de lo contrario se prestaría a malas interpretaciones”, se habían dicho con alguna frecuencia antes de iniciar alguna conversación que requería cierta secrecía. Con voz suave, casi como un murmullo, por aquello de la murciélagogenosis -capacidad de los seres humanos de aguzar el oído-, el señor E, dijo a R, el peluquero: he observado al hombre que estaba sentado hace un rato en aparente lectura de la revista, pero ya viene arreglado con cabello y barba afeitada y, al llegar la señora con los niños, éste se levantó, se paró un instante en el umbral de la entrada y se fue. R, el peluquero, con imperceptible voz, ya que había llegado más gente, entre los cuales los niños jugueteaban e inquietos movíanse de un lado a otro: Sí, – murmuró R-, fíjate que es un asunto que he tenido pendiente, el caballero N, acude un día antes a cortarse el cabello y a rasurarse, al otro día, viene sólo en efecto, arreglado, a esperar a la señora; el día antes, él me deja pagado el corte de los dos niños. Con suave musitar E, preguntó: ¿a qué se debe eso?, entre el zic zic zic, de la fricción de la delgada y aguda tijera, sonido que podía escucharse más fuerte que las voces, libraba así de toda sospecha a los dialogantes. R, el peluquero, contó: el niño menor, es del caballero N, lo que sucede, es que ella vive con el señor C, el comerciante de aquí de la zona, padre del mayorcito, a quien también le corto el cabello. El señor C, se casó con ella hace como diez años; la señora traía al más grandecito y aquí se conoció con N, al parecer, el niño pequeño es de N. Si observas bien tienen rasgos similares, se parecen. E, con rápido movimiento ocular imperceptible, sin mover un ápice la cabeza, divisó sesgadamente al niño, afirmando: sí, se parecen. El problema es -continuó R- que cada sábado que acuden me los dejan por más tiempo, les corto el cabello, y hago el mayor espacio posible arreglándoselos, pero como niños que son luego salen jugando a la banqueta y, tengo que hacerla de cuidandero. Como en una guardería -respondió E-, eso, como en una guardería, pero peor. Un día, el señor C – continuó R-, vio a los niños que habían salido a la banqueta, se acercó y preguntó por la mamá, los niños dijeron que había ido a un mandado. A mí me preguntó por la señora, alcance a decirle, que había dejado dicho que no tardaría, en eso entró la mujer con unas bolsas de mandado, con verduras y frutas, diciendo a los niños: ¡vámonos!, ¿y qué crees?, que me pregunta el señor C, ¿cuánto es? Y, pues le tuve que cobrar otra vez por el corte de cabello de los niños. En tanto la señora simulaba no saber nada…

    Sintácticas:
    De canciones:
    El bacalao:
    Te conozco bacalao…aunque vengas disfrazado.
    La gota fría:
    Qué cultura va a tener…si nació en los cardonales.
    Criollo soy:
    Criollo soy, soy guajiro, vivo libre y soberano, hay penas que ni las cuento…y amores que me los callo…
    Tengo a mi negra encendida, de fuego que yo le apago…nunca me niega una noche, y me despierta cantando…
    Gozar la vida:
    Deja que te cuente un poco…yo sé que te va a gustar…

    Top 4 Julio Iglesias:
    https://www.youtube.com/watch?v=Q0PL_WN4Bwo

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