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    María Sabina

    Gustavo Avila Maldonado

    Ruizcortinadas
    “En cierto tiempo vinieron a verme muchos jóvenes de uno y otro sexo, de todos los lugares, del norte y del sur. Llegaron a verme estos jóvenes con largas cabelleras, con vestiduras de colores y flores que siempre llevaban, muchos con collares de ellas que me regalaban, vinieron muchos: -Venimos a buscar a Dios- decían. Para mí era difícil explicarles que las veladas no se hacían con el único fin de encontrar a Dios, sino que se hacían primero con el propósito único de curar enfermedades, de ayudar a quien necesitaba ayuda real”.
    ¿Saben quién dijo lo anterior? Los que tienen cierta edad lo podrían adivinar. Se trata de María Sabina Magdalena García, quien curiosamente nació un día 22 de julio 1894 y murió otro día 22, pero de noviembre de 1985. Sin siquiera proponérselo, María Sabina se convirtió en una celebridad nacional e internacional, debido a su extenso conocimiento en el uso ceremonial y curativo de los hongos alucinógenos que usualmente crecen en su tierra, Huautla de Jiménez, pequeño poblado ubicado en la Sierra Mazateca de Oaxaca.
    Cuando salí de la prepa, unos amigos y yo organizamos una excursión para ir a buscarla, era la época en que buscábamos nuevas experiencias, en Oaxaca encontramos a un guía que nos llevará hasta donde vivía la chamana, caminamos cerca de dos días por caminos en la sierra que solo él conocía y por fin llegamos al anochecer a Huautla, ahí nos quedamos esa noche, pues Sabina tenía mucha gente gente que atender, sobre todo extranjeros; cenamos unos huevos con frijoles de la olla, los más sabrosos que recuerdo, o sería él hambre que le da un sabor especial a todos los alimentos, al otro día fuimos al río a bañarnos y por la tarde nos recibió Sabina en su choza con piso de tierra, una mujer chaparrita, de pelo cano y con arrugas por todos lados, pero impresionante, vestía un huipil limpísimo bordado con flores rojas, nos preguntó si alguien estaba enfermo y le dijimos que nada más queríamos hongos o peyote, todos escogieron los hongos, yo me abstuve, pues en aquel tiempo, aunque usaba el pelo largo, era muy fresa. Mis amigos se pusieron muy nerviosos y luego muy locos. Nunca supe si la euforia fue auténtica o fingida. Después me arrepentí de no haber probado los hongos pues para haber caminado tanto para unos pinches huevos con frijoles mejor me hubiera quedado en casa.
    María Sabina fue conocida como una mujer sabia en todo el mundo, y se convirtió en un icono para muchos jóvenes y celebridades, ya que fue visitada por los Beatles, Bob Dylan, los Rolling Stones, Aldous Huxley y hasta Walt Disney. Pero antes que nada, fue una curandera, chamán o Chjota Chjine (la que sabe), por sus conocimientos, basados principalmente en su interacción con los hongos sagrados, los “Derrumbe”, “San Isidro” y “Pajarito”, a los cuales ella los llamaba cariñosamente “angelitos” o “niñitos”.
    Sin embargo, no nació con ese don, más bien lo buscó, lo arrebató a los Seres Principales, ante una imperiosa necesidad: “Varios años, no sé cuántos, mi hermana María Ana se enfermó. Sentía dolores en el vientre que hacían que se doblara y gimiera de dolor. Cada vez, yo la veía más grave. Llamé a varios curanderos, pero fue inútil, ellos no podían curar a mi hermana. Viéndola así tendida, la imaginé muerta. No, eso no debía ser. Ella no debía morir. Yo sabía que los angelitos tenían el poder. Yo los había comido de niña y recordaba que no hacían mal. Yo sabía que nuestra gente los comía para sanar sus enfermedades. Entonces, decidí: en esa misma noche yo tomaría los hongos santos. Así lo hice. A ella le di tres pares. Yo comí muchos, para que me dieran poder inmenso. No puedo mentir: habré comido treinta pares de «derrumbe». Cuando los angelitos estaban trabajando dentro de mi cuerpo, recé y le pedí a Dios que me ayudara a curar a María Ana. Me acerqué a la enferma. Los angelitos guiaron mis manos para apretarle las caderas. Suavemente le fui dando masaje donde ella decía que le dolía. Yo le hablaba y comencé a cantarle; sentí que hablaba cada vez con mayor facilidad y sentí que le cantaba bonito. Decía lo que los angelitos me obligaban a decir. Seguí apretando a mi hermana, en su vientre y en sus caderas; finalmente le sobrevino mucha sangre. Agua y sangre como si estuviese pariendo. Nunca me asusté porque sabía que Dios la estaba curando a través de mí. Los angelitos aconsejaban y yo ejecutaba. Atendí a mi hermana hasta que la sangre dejó de salir. Luego dejó de gemir y durmió”.
    Nadie mejor que Elena Poniatowska para describir un poco a la “sacerdotisa de los hongos”: “cuando María Sabina oficia el rito de los hongos alucinantes allá en la montaña de Huautla de Jiménez, dice una letanía. Es un canto antiguo que parece venir del centro de la tierra, parece venir desde el fondo de las edades como si fuera de fuego y aire, como si fuera la tierra la que hablara y no esta mujer pequeñísima. María Sabina es la diosa de un oficio muy antiguo y muy secreto, el del conocimiento de sí mismo, el principio del arte”.
    Se dice que María Sabina se fue de este mundo según los usos y costumbres: le torcieron el pescuezo a un gallo que debía morir junto a su cadáver. Y vino el velorio, donde los familiares colocaron jarritos de agua junto a su cabeza sin vida. Es el agua que debía acompañarla en su viaje al más allá. Dentro de su ataúd pusieron siete semillas de calabaza, quintoniles y fruta en abundancia, todo junto en una bolsa de trapo: para que no la molestara el hambre en su viaje devolviéndose a la distancia. Las mujeres que asistieron al velorio hicieron tezmole con la carne del gallo sacrificado: el tezmole sólo lo comieron el rezandero y las personas que cavaron su fosa en el Cerro de la Adoración. Las otras madres de la Hermandad encendieron velas sagradas en su honor, la vistieron con un huipil limpio y su mejor rebozo. Entre sus manos colocaron una cruz tejida de palma bendita. Y, tal como se esperaba, el canto del gallo se escuchó cuatro días después que fue enterrada. Y todos supieron que el espíritu del gallo acompañaría al espíritu de María Sabina, que entonces despertó y se fue para siempre al Ampadad, el lugar de sus mayores, allá donde las flores. Yo la recuerdo aún…

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