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    Mujer

    Harmida Rubio Gutiérrez

    Mujeres que Saben Latín
    ¿Qué hacemos cuando logramos algo que queremos, cuando alguien nos felicita por lo que hemos hecho bien, cuando nos sentimos satisfechas por lo que construimos, cuando nos dicen que nos admiran?
    Hace pocos días me titulé del doctorado. Fue un camino largo, disfrutable, divertido y duro. Después de cuatro años finalmente llegó el día. Todo salió bien en el examen y el ciclo se cerró de muy buena manera. En medio de la celebración me fui a acompañar a uno de los jurados a las puertas de la universidad a que lo recogiera su taxi, y regresé sola a donde me esperaban familiares, amigas y amigos para celebrar junto conmigo; pero antes de llegar ahí me detuve un momento. Observé la universidad y me acordé del primer día que estuve ahí, cuando empezó todo. Sonreí y esperé un poco, contemplando. Sola. Pocas veces he hecho eso. Disfrutar por unos minutos en soledad de algún triunfo mío. Esta vez lo hice y fue algo diferente.
    Las mujeres muchas veces tendemos a correr inmediatamente a dar la buena noticia y a acompañarnos de quienes queremos para celebrar, para alegrarnos junto con alguien de lo bueno que nos ha pasado, cosa que no está mal, pero rara vez nos detenemos a asimilar lo que acabamos de lograr, observándonos en ese momento.
    Además, una gran cantidad de veces nos da por minimizar nuestros logros. Si nos felicitan, decimos que no fue gran cosa, que no lo hicimos solas, que sin la demás gente no lo hubiéramos logrado, o de plano nos sonrojamos tanto que preferimos no hacer mucho caso del comentario o nos hacemos las que no escuchamos. Nos cuesta aceptar el halago por lo que construimos. Nos cuesta verlo en toda su plenitud y aprender no sólo de los errores, sino también de todas las cosas en las que hemos acertado y darnos la enhorabuena por eso.
    Por supuesto que existen las excepciones, claro que hay mujeres con un ego muy grande y adictas al reconocimiento, pero no es la generalidad.
    Otra cosa que hacemos poco después del logro es asimilarlo y descansar un poco. Casi siempre emprendemos una nueva actividad inmediatamente. O por lo menos ya estamos pensando minutos después, ¿qué sigue, ahora qué voy a hacer? En lo práctico esto nos ha ayudado a avanzar a pasos agigantados un camino que hubiera tomado muchos años más si hubiera sido de otra manera, pero también terminamos exhaustas, atendiendo muchas actividades a la vez, y dejamos al lado la necesidad de un descanso mental y físico.
    Esta sociedad nos ha enseñado la falsa modestia, y se empeña en minimizar lo que alcanzamos. “Ay no es para tanto” y algunas otras frases solemos decir. Si la falsa modestia es mandato para nuestra sociedad latinoamericana, para las mujeres es mucho más. Una mujer que reconoce sus logros y que deja que la feliciten, la aplaudan y la celebren es vista como engreída y muchas veces como malagradecida, porque “seguramente hubo quienes la ayudaron a llegar ahí y de ellas y ellos también es el logro”. Podemos recordar las reacciones de los deportistas varones cuando ganan un trofeo y cómo no les cuesta recibir y abrazar ese triunfo, y cómo cuando una mujer gana algo que ha construido, la mayoría de las veces lo recibe con pudor y reparte el mérito entre sus seres queridos. Nuestro día a día está lleno de críticas y de juicios hacia lo que hacemos, lo que vestimos, lo que decimos, cómo trabajamos; así que es fundamental alimentar la parte en la que reconozcamos lo que hemos hecho bien.
    Es verdad que el trabajo en equipo nos ayuda a lograr cosas juntas, a construir proyectos y realidades en red. Pero así como es necesario reconocer lo que nuestras compañeras han aportado, es igual de importante darnos crédito por la parte que nosotras hemos hecho. No digo que dejemos de lado la gratitud, sino que también la tengamos con nosotras mismas.
    El reconocer nuestras victorias es esencial para nuestra autoestima, en lo individual y como grupo. Comprender que somos capaces, creérnosla. Claro que necesitamos ayuda, como todo el mundo, pero también necesitamos de nuestra fuerza y de una confianza que nos es muy difícil ganar. El que aprendamos a reconocer y abrazar nuestros logros nos ayuda a estar mejor, más sanas y satisfechas, y también ayuda a otras mujeres a darse cuenta de que no hay nada malo en ello, a tomar la fuerza para empoderarse y saberse sabias, inteligentes, valientes y completas.

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