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    Jorge Arturo Rodríguez

    Tierra de Babel

    “La esperanza es una cosa buena, quizá la mejor de todas,
    y las cosas buenas nunca mueren”. (Stephen King).

    Peras o manzanas, la final con una que se pudra, la otra se echa a perder. Pero no prevemos. Estamos acostumbrados los mexicanos a ponernos en modo “Me vale madre”, y no hay quien nos saque de ahí. Ah, pero el miedo no anda en burro y mucho menos la ignorancia, ni qué hablar de la pobreza y de la gandallez que nos caracteriza, lo que no dudo que suceda también en otros países. ¿Qué en verdad nos están ocultando? Son rumores o humores. Lo cierto es que el mundo anda mal, cojeando, contaminado, minado de cuanta porquería le hacemos, le echamos y defecamos. “No es el amor quien muere, somos nosotros mismos”, escribió Luis Cernuda.
    Dicen que el horno no está para bollos. Pero no hay por qué temer. Tenemos al Chapulín Colorado, a Amlito y otros más, o con sólo usar un amuleto, ya no digamos contra los virus, males y enfermedades, sino para la buena suerte y en contra de las pendejadas. Que alguien me lo explique.
    ¿Quién se beneficia con todo este desmadre? A río revuelto, ganancia de malandrines, de empresarios, de países poderosos, de delincuentes de todo tipo y niveles. ¿Y dónde quedan los jodidos?
    A propósito de su más reciente libro, Sinfín, Martín Caparrós expresó: “Vivimos una de esas épocas que hay de vez en cuando en la historia en las que no hay un proyecto de futuro que nos guste, digamos, y en las que no tenemos una idea clara de la sociedad que queremos construir. El futuro es miedo, es la amenaza ecológica, la amenaza poblacional, la amenaza política. Y esto ocurre, básicamente, porque no hay una idea de futuro que nos interese o que queramos producir o poner en marcha. No hay promesa. Sí hay una idea de cambio. Aunque ya no sea un cambio político, como lo fue en los últimos siglos, sino uno técnico. La técnica ha ocupado el lugar de la política como promesa de cambio. Cuando piensas en el futuro, piensas en la inteligencia artificial, en las máquinas, en las nanotecnologías y en todo esto”.
    Agregó: “Pensamos en cómo serán nuestras vidas con la inteligencia artificial, cómo será con los robots –¿nos dominarán, nos harán esto, nos harán lo otro?–, pero no reflexionamos sobre cómo serán nuestros sistemas políticos o nuestras sociedades o nuestras relaciones. Nos resulta más fácil imaginarnos el fin del mundo que el final del capitalismo. Como no hay nada que lo reemplace, nos hemos resignado a creer que este sistema durará para siempre. Y nunca hubo nada que durara para siempre: las cosas cambian y se terminan”. (sinembargo.mx, 10/03/20).
    Ya hasta “wueva” da –hay excepciones- andar sin que nadie escuche y nos empeñemos en el modo “Me vale madre”, que mañana es otro día. ¿A poco?
    El poeta y filósofo hispano judío, Salomón Ibn Gabirol, versificó:

    “En la búsqueda del conocimiento,
    El primer paso es el silencio,
    El segundo escuchar,
    El tercero recordar,
    El cuarto practicar,
    Y el quinto,
    Enseñar a otros”.

    Pero parece que esto nos vale…

    Los días y los temas

    En el artículo “Consejos inuit para mejorar tu vida”, de Francesc Miralles, leo: “Nunca sabrás de verdad quiénes son tus amigos hasta que el hielo se rompa bajo tus pies”. Llevado a nuestro entorno urbano, la actriz Marlene Dietrich decía que “los únicos amigos que cuentan son los que puedes llamar a las cuatro de la madrugada”. Ciertamente, en situaciones de celebración y de tranquilidad podemos albergar la ilusión de que tenemos muchas amistades, pero la piedra de toque son los momentos difíciles. Ante una ruina económica, una separación o una larga enfermedad —equivalentes al hielo que se rompe—, muchas personas desaparecen y solo una minoría sigue presente, dando lo mejor de sí mismos. Este filtro revelador es una de las cosas que podemos agradecer a la adversidad”. (elpais.com, 07/03/20).

    De cinismo y anexas

    Mis fans, no se me duerman tanto, ya saben que “camarón que se duerme…”, aunque también está “no por mucho madrugar amanece más temprano”; ahí les dejo pa’ la cuarentena el cuentito “¡Abrió los ojos!”, de Juan Ramón Jiménez:

    “Abrió los ojos. (Había estado tirado en su butaca toda la mañana fea, durmiendo su largo, desesperado hastío.)
    Las cuatro paredes de su cuarto estaban oscuras de tanto deslumbre. Una ventanita cuadrada cortaba el cuadro resplandeciente. Un cielo azul limpio, casas radiantes de sol y sombra, una plaza llena de gentes gritando y corriendo.
    “Esa es la vida, sal”, le dijeron seres oscuros por dentro de su sangre.
    Y se tiró por la ventana”.

    Ahí se ven.

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