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    Uriel Flores Aguayo

    Es cierto que la historia la hacen los vencedores. Las facciones, líderes y partidos triunfantes imponen su narrativa y acomodan los hechos a su favor. Son excepción los casos donde se abrió paso una explicación alternativa a hechos trascendentes. Es el caso de la historia de México, con acento en un relato de buenos y malos, así como la reivindicación en exceso de los gobernantes del pasado. Nos han educado en una ficticia realidad de héroes y traidores. Puede ser sincera la admiración de los gobernantes a figuras de hace dos siglos o un poco menos, pero se extravía su interés genuino, se vuelve algo dudoso, cuando se les ocupa como ejemplo casi divino y justificación de actos presentes. Cada persona es relevante o no de acuerdo con su contexto histórico. Se requieren gobiernos profundamente democráticos, de calidad, adheridos a la ciencia y el conocimiento para revisar la historia sin manipulación y con un espíritu de apertura y justicia. No lo hay. Seguimos padeciendo las recitaciones románticas, de acto cívico, de nuestra infancia. Para no pensar los gobernantes acuden al expediente fácil del juego demagógico, invocando a un idílico pasado. Es impresionante como se hizo todo un sistema ideológico la colocación de nombres y estatuas de los héroes escogidos por los gobernantes. Poblaciones, calles, parques, edificios, escuelas, estadios, etc., denominados una y otra vez como los héroes patrios. Desde luego tiene su sentido e importancia, un pueblo es su memoria y debe reconocer lo mejor de su pasado. El problema es el exceso y la utilización del poder con criterios selectivos y facciosos. A los llamados gobiernos revolucionarios se les pasó la mano. Es curioso que se siga con esas prácticas por interés partidista.

    Hay casos en que los nombramientos oficiales son meramente formales, donde se impone la tradición popular. Eso a pesar de que no todos son casos de políticos o héroes de estampitas. Tenemos el caso del parque Miguel Hidalgo, donde se encuentra su estatua más grande colocada en Xalapa. Popularmente se conoce como parque Los Berros. Sería difícil que un taxista los llevara al parque Miguel Hidalgo, pero si le dicen los Berros, lo haría sin ningún problema. El grandioso Estadio Xalapeño es otro ejemplo de la distancia entre lo oficial y lo real; se llama Heriberto Jara, aquí si con mérito, pero todos se refieren a él como el Estadio Xalapeño. Algo similar ocurre con poblaciones como Rafael Lucio y Rafael Ramírez, grandes educadores, a quienes el común de la gente continúa llamando San Miguel del Soldado y Las Vigas, respectivamente. La memoria popular se nutre de influencias más amplias y profundas, con significados distintos al discurso oficial, que siempre piensa en la dominación, en justificar sus políticas. A estas alturas de México, debe abordarse su historia con honestidad y desde perspectivas ilustradas. Por el momento parece que estamos en una regresión extrema, donde hasta con los Españoles se quieren pelear por un pasado donde no existan México ni España. Si vamos a revisar tenemos que ir a fondo, sin visiones simplistas, partidistas e ideológicas.

    Pienso que ya son suficientes las estatuas y placas donde sea de los héroes escogidos con o sin mérito por los gobernantes del momento. En esto fue determinante el gobierno llamado revolucionario que tuvimos hasta el año 2000. Es necesario que las denominaciones siguientes tomen en cuenta a la ciudadanía, que nos inspiremos tanto en ciudadanos comunes, esos que aportan valor a su comunidad, como en las personalidades sobresalientes en la ciencia, las artes, el deporte, la educación, la solidaridad, etc..

    Recadito: el culto a la personalidad supone la degradación pública. Ejemplo: Layda.
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