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    Panteón 5 de febrero

    Estela Casados González

    Mujeres Que Saben Latín

    Hace algunos años tuve la oportunidad de visitar un antiguo campo de concentración nazi llamado Sachsenhausen, que persiste como museo del recuerdo en Oranienburg, Brandeburgo. La experiencia fue devastadora. Mis pies recorrían los pasos de quienes sufrieron tortura hasta el exterminio.
    Pese a la cruda impresión que provoca ver los cimientos de las barracas en donde se apilaba a gente que era despojada de su dignidad, el propósito educativo que actualmente ostenta ese museo se cumplió a la perfección: quienes ahí asistimos reflexionamos en torno a los discursos de odio e intolerancia.
    El mismo efecto provoca el Monumento al holocausto, que se encuentra en Berlín. Se trata de un terreno amplio en el que se encuentran situadas 2711 losas de hormigón de diferentes tamaños. Caminamos entre ellas en una atmósfera que busca representar la incomodidad y confusión que la época nazi desencadenó en la comunidad judía europea.
    También recuerdo un par de cementerios hermosos en la Ciudad de Buenos Aires: Chacarita y Recoleta. He de confesar que acudí al primero buscando la tumba de Gustavo Cerati, acaecido tres meses antes de mi visita y sepultado ahí.
    Tardé más de lo previsto. Me perdí en un lugar único donde los bonarenses rinden culto a insignes personajes de la vida argentina y sudamericana, como a Carlos Gardel. Su tumba, es un centro de veneración en sí mismo, demuestra que sus fans cada vez son más y le quieren bien.
    El mausoleo gardeliano se pierden en las calles fúnebres de trazo impecable que dan una apariencia ordenada a la última morada que alberga a personas ilustres y queridas, a personajes de diversos sectores sociales, así como a militares de la época más oscura del cono sur.
    Recoleta, un monumento de punta a punta, se encuentra ubicado en uno de los barrios más lujosos de la capital argentina. Acudí ahí en busca de Eva Perón. “Volveré y seré millones”, sentencia una leyenda en la edificación en donde están depositados sus restos mortales.
    Es inspirador observar en diferentes partes del mundo, aquellos sitios que albergan la memoria de personas que vivieron en un momento histórico que les permitió destacar en beneficio o detrimento de sus compatriotas.
    En Xalapa, concretamente en el Panteón 5 de febrero, se encuentran sepulcros que hacen gala de diferentes estilos arquitectónicos en donde están depositados los restos de personajes cuya vida y obra tuvieron impacto innegable en nuestra ciudad, en la entidad y en el país.
    Mariana Sayago, Antonio María de Rivera, Enrique C. Rébsamen, Sebastián Camacho, los Mártires del 28 de agosto, además de quien le da nombre a la capital del estado: Juan de la Luz Enríquez. Sí, por él la ciudad fue nombrada como Xalapa Enríquez.
    Incluso, el cuerpo incorrupto de Monseñor Rafael Guízar y Valencia, el santo más venerado en la ciudad y sus alrededores, estuvo alguna vez ahí. Una hermosa tumba en el Panteón 5 de febrero da testimonio del hecho.
    Se trata de un monumento histórico por demás descuidado, con tumbas a las que ni el tiempo ni el olvido gubernamental les ha arrebatado hermosura. La barda que le circunda, otrora imponente, luce descarapelada, rodeada por banquetas plagadas de basura.
    Hace unas noches, mientras descendía de un taxi en una calle cercana al lugar, escuché “gritos terroríficos” salir del panteón. Recordé con tristeza que se están llevando a cabo “Recorridos históricos nocturnos”, mientras veía iluminado el magnífico monumento mortuorio de Juan de la Luz Enríquez, de un color morado, bastante fuera de lugar.
    Me apena que nuestro monumento histórico sea ocupado como “casa de espantos”. La imagen que ahí se proyecta es de una vulgaridad terrible. De una profunda falta de respeto a las personas ilustres que ahí descansan. ¿Habrá algún fin pedagógico en ello?
    Al parecer, vivimos en ciudades distintas.

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