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    Montse Quevedo

    Epifanías 

    Violencia, de acuerdo con el significado de la RAE, es el uso de la fuerza para conseguir un fin, especialmente para dominar a alguien o imponer algo. Ahora bien, violencia de género es aquella ejercida física o psicológicamente contra cualquier persona o grupo de personas sobre la base de su sexo o género que impacta de manera negativa en su identidad y bienestar social, físico, psicológico o económico.

    En pleno 2019, la violencia contra  hombres, mujeres y comunidad lésbico gay nos presenta cifras alarmantes. Al respecto, Alejandro Encinas subsecretario de Derechos Humanos, Población y Migración del gobierno federal ha manifestado que en la erradicación de la violencia de cualquier tipo “no habrá negociación posible”. Es decir, que se aplicará la ley, esto en un evento para presentar el programa para erradicar la violencia contra el género femenino con autoridades en el estado de Veracruz.

    Es claro que la elaboración de mapas de riesgos, protocolos contra el acoso sexual, medidas educativas son solo algunas acciones que se pueden implementar para disminuir los altos índices, pero ¿cómo predicar con el ejemplo?

    En un estado como Veracruz, con dos alertas de género, una por feminicidios y otra por agravio comparado y con 19 feminicidios en los primeros 25 días del año, llama la atención que las autoridades estatales presenten con bombo y platillo acciones que ellos mismos minimizan. Y enfatizo: con bombo y platillo, cuando es el propio Gobernador Cuitláhuac García Jiménez quien refiere en un tono que expresa desdén  o para algunos otros usa un acento despectivo al puntualizar: “si no se trata con presupuesto, programas y eventitos como éste…”, en alusión al evento para presentar acciones que erradiquen la violencia.

    Señor Gobernador, le comento: la violencia se ejerce desde la palabra. Una corriente racionalista de la lingüística concibe la comunicación como el espacio reservado al diálogo y plantea que la violencia es muda. Tómelo en cuenta para su próximo discurso, pues la violencia simbólica, aunque es una violencia suave, imperceptible e incluso invisible para las víctimas -en este caso las que somos su audiencia- se ejerce en mayor parte a través de los canales de la comunicación, la cognición y el reconocimiento, (o como en su caso, el desconocimiento) es decir; por un lado se está ante una fuerza mayor  pero, por otro lado, se desconoce el grado hasta el cual una misma (o) contribuye a la construcción de ese poder violento que es el discurso hablado y recuerde que no sólo los golpes duelen.  A veces las palabras o los gestos pueden provocar un daño profundo e irreparable.

    Finalizo recordando que aunque pudiera ser una agresión no visible y que pareciera no ser condenada socialmente, su acción no deja de ser menos punitiva.

    Su temperamento le exige manifestar de forma extrema lo que expresa con la palabra, pero para lograr el efecto deseado que es impresionar o llamar la atención consigue lo contrario: desmotiva e insensibiliza a su audiencia.

    Por cierto, en dicho evento le acompañó Encinas, recordando que: “no existirá negociación posible” en contra de cualquier acción violenta. ¡Aplique entonces la Ley señor subsecretario!

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