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    Duarte-Aguirre

    Pedro Manterola

    Hoja de ruta

     

    México está en el mundo, en la mirada globalizada de alemanes, japoneses, argentinos, australianos, marroquís y bereberes. Nos han puesto los ojos encima no por las reformas hacendaria, educativa, energética, laboral o de telecomunicaciones, no, eso no sucede todavía, es mera promesa, pura expectativa, votos a favor, voces en contra. Tampoco por el nuevo aeropuerto, construido como premio de consolación al dueño del territorio Telcel. No por nuestros secretarios totalmente palacio, tan hacendosos y mundanos. No. Voltean a vernos, azorados por los muertos, por los gobernantes reverentes con el narco, por los policías transformados en sicarios, por los retenes convertidos en motín y emboscada, por la miseria que se reproduce y multiplica, por los acaudalados opulentos en un país de miserables, por los millones de ciudadanos atrapados entre las 4 paredes de su propia casa.

    Esto es un asunto de autoridad. Si tengo un problema relacionado con obras o servicios públicos, acudo a la jurisdicción municipal. Si mi asunto está relacionado con escuelas, cultivos o carreteras, en teoría debería acudir a la dependencia estatal que en el papel se dedica a atender esos temas. Si me veo en la necesidad de realizar una gestión que tenga que ver con mares, puertos, pasaportes, impuestos o autopistas, debería atenerme a lo que el gobierno federal disponga al respecto. Cada problema tiene un responsable, cada área de gobierno obedece a un criterio lógico, flexible, inmediato, próximo o mediato, legal, federalista, republicano.

    Los expedientes y asuntos públicos también evolucionan de acuerdo a su complejidad. No es lo mismo pedir que cambien las luminarias de la colonia, solicitar que rehabiliten las brechas que se dicen carreteras, implorar que no den plazas de maestro a los intendentes o exigir justicia por un robo, un secuestro, un asesinato. Pero la esencia de la acción de gobierno, la clave de la política entendida en su idea básica, necesaria, elemental, es la proximidad. La cercanía da conocimiento, dominio, capacidad de respuesta. Un gobierno distante es un gobierno inútil, estéril, aislado, atrapado en sí mismo. Un funcionario dedicado a la satisfacción de ambiciones y gustos personales no es un político, es un vividor. Así como en la iglesia nadie confunde a un padre con un padrote, en un palacio municipal, estatal o nacional no es igual Secretario que sectario, árbitro no es lo mismo que arbitrario, no son sinónimos autoridad y autoritario, ni está indefenso el que es indefendible. Cosas de la semántica, dicen. Y del sentido común.

    Entonces, si lo primero que se debe resolver es lo inmediato, lo que hay que entender es en dónde se halla lo más próximo. Y por eso, en Veracruz urge que alguien ponga freno al robo de “frutsis” y “pingüinos”, lo que al decir del ejecutivo estatal constituye el mayor problema de seguridad de Pánuco a Las Choapas. Mientras tanto, liberado de sus responsabilidades, el Secretario de Seguridad Pública juega a ser Rambo en las calles de Xalapa. Será que muertos, secuestros, extorsiones, robos, asaltos, tráfico de drogas y trata de blancas suceden en un mundo paralelo, ajeno al que habitan el gobernador y sus acólitos, un paraíso propio, edén particular con vista al mar, oasis y vergel en el que somos intrusos el resto de los veracruzanos. ¿Cómo interpretar las palabras del garante de la gobernabilidad de Veracruz? En las calles se pasea la crueldad, la impunidad, la presencia desalmada e indiferente de policías y delincuentes. Somos hijos de un miedo que paraliza, condenados a una parálisis que parece catalepsia.

    El gobierno de la República puede pregonar que las reformas tan sonadas, cacareadas y aplaudidas son para mover a México. Pero si no hay justicia y transparencia en Iguala, Guerrero, nada ni nadie nos va a mover de ahí. No vamos a ninguna parte, si primero el calamitoso gobernador de Guerrero no se va a la chingada. No más lejos, porque tiene que rendir cuentas. El futuro esplendoroso del país no se construye sobre un presente sombrío e impune, tapizado de flores marchitas y veladoras apagadas.

     

     

     

    Antes, en los tiempos dorados de la pleitesía y la genuflexión hacia los poderosos, cuando el gobernante en turno preguntaba “¿Qué horas son?”, la eternamente reciclada corte de idólatras respondía entre reverencias: “Las que usted quiera, señor”. Hoy, cuando el todavía gobernador de Guerrero pregunta “¿Qué hora es?”, se escucha un coro de ciudadanos que responden: “Es hora de que te vayas, Ángel Aguirre”.

    Guerrero, estado que honra al hombre que puso primero la patria. Aquí reinó como sátrapa Rubén Figueroa, modelo de gobernante artero e inescrupuloso. Aquí nació la bandera nacional, aquí se fraguó la independencia que luego se firmó en Córdoba, aquí nació el Ejército Trigarante. Aquí caminó Genaro Vásquez, aquí el oro se vuelve filigrana en manos de los orfebres. Aquí, en Iguala, plaza amartillada con todos nosotros en la mira, municipio en el que todos saben dónde está la guarida de los malos, menos la autoridad. Iguala, igual que en Veracruz, estado en el que todo pasa, y pasa como si no pasara nada.

     

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